by MC
Yo sé cuando ella se va a acercando. La siento. Y esta vez no fue nada diferente a las demás.
Yo estaba en el salón, como todos los demás, con el alma en la mano. Había pasado las últimas 48 horas sin dormir, le había invertido toda mi energía a ese trabajo, le había puesto todo mi corazón, también. Debí haber empezado antes, pero si lo hacía le quitaba la pasión. Eso me esta pasando mucho últimamente, yo que me pintaba tanto de racional, de ser fría y medida, ¡qué va! Ahora estoy en un constante desvarió entre pasión y razón: entre ella y yo.
Ana estuvo conmigo toda la noche, terminando ese trabajo, no ayudo tanto, más que nada me acompaño, fue ella la que me mantuvo despierta.
Como les decía, estaba en el salón, con los demás, pero yo sola. Sin Ana. Tenía el trabajo listo, era enorme, y yo estaba enamorada de él. Entonces, el profesor me llama. “Ana, tu turno” – dice, y yo reacciono. Me pare como si nada, como si no hubiera estado sudando bilis de la preocupación, como si los parpados no me temblaran, y como si los ojos no se me desenfocaran solos del cansancio. Camine por el camino que lleva a la horca con el donaire con el que se camina sobre la alfombra roja, derrochando una seguridad fingida.
Lo pongo en la mesa, y todos miran, me siento como un gladiador: ya en el piso, con la espada en el cuello, viendo con el rabito del ojo hacía el pulgar del emperador.
Todos miran y ponen caras, y yo no puedo leer lo que dicen sus expresiones.
Los labios del profesor se empiezan a mover, y yo automáticamente sonrió, fingiendo agradecer la retroalimentación. Que más bien se debería sentir como la alimentación de un león con mis entrañas. Pero yo no siento, yo soy fría y racional. En serio, yo no siento, por eso me gusta el arte, porque solo a través de ella puedo sentir, es como mi único sentido. Aunque en casos como estos, sí siento, porque me desgarran mi único sentido. Y esta vez, nada, no sentía nada, pero se debía a que no se leer los labios. Y es que el profesor hablaba muy bajo, y es que últimamente siento que estoy medio sorda.
Mire a los de alrededor, para comprender con el contexto de sus caras lo que me estaban diciendo, porque yo apenas escuchaba un murmullo intraducible. Y no se porque pero a la gente no le gusta creerme que no los oigo, creen que son ganas de mías de gastar su tiempo, alzan la voz por un segundo y la vuelven a bajar, entonces ya yo no les quiero decir nuevamente que hablen alto, y me les quedo mirando, y no les entiendo un carajo. A veces el audio me regresa, sin previo aviso de un segundo a otro (no es como Ana), y los escucho claramente, y por eso nadie me cree cuando digo que no escucho.
Pero esto me interesaba mucho como para dejar que complejidades de la comunicación social se lo tragaran. “disculpe, hábleme más alto que no escucho” – dije, y por cosas mías lo tuve que hacer jovial, lo tuve que convertir en un chiste – “la edad ya me tiene medio sorda”. Quien carajo esta sordo por la edad a los 18. Se rió y repitió. El murmullo no fue mucho más alto, pero si mucho más claro. Me arrepentí. Extrañe el blanco-incertidumbre que sentía hace unos segundos cuando el profesor estaba en mute y su boca no sonaba. Ahora sentía.
Seguía sería con una sonrisa, dándole la razón al verdugo. Porque en mi parte racional, no sentía el más mínimo afecto por el pedazo de mi sistema circulatorio que había puesto sobre la mesa para el escrutinio del profesor y del mundo. En mi parte más racional, sabía que todo lo que me decían era verdad, que todo me lo merecía. Pero aún yo en cordura total, sentía que no veían. Que no veían que yo nunca había dado clases de ese tipo, que de nada me sirve todo lo que di en la escuela, que a eso le había metido todo mi empeño, de lo que derivo que no estoy a la altura y que no tengo el talento.
Pero yo no siento, y aquí no esta permitido ponerse triste, y nadie sabrá jamás lo que sentí tras el gran esfuerzo que tuve que hacer para entender cada palabra de la que no quería saber.
Pero era cierto, cada palabra era verdad, problema mió lo que quiera hacer con esa nueva conciencia sobre la verdad.
Él hizo una leve pausa, y yo trague saliva rapidísimo para tener mi voz lo más inexpresiva posible. “Me disculpa, tengo que ir al baño” – y señale en la dirección de éste con el dedo. “Adelante, Ana, adelante” me respondió. Me pare y salí del salón y lo escuche seguir hablando de mi trabajo.
En el pasillo, hurgue mis bolsillos con violencia, buscando el paquete de cigarrillos. A Ana no le gustan los cigarrillos, y la alejan. Pero no podía sentir nada en mis bolsillos porque mis dedos temblaban al ritmo de mi corazón acelerado, del codo para abajo el antebrazo me temblaba, como aquella vez en el funeral de aquella persona que no debió haber muerto. Encontré el cigarrillo, me lo puse en los labios y salí, a la velocidad más rápida dentro de la categoría de caminar, del pasillo, tratando de prender el encendedor con mis autónomos dedos. Llegue al balcón y aún no podía encender el cigarrillo, por suerte un caballero, de esos a los que hay que rogarles que por favor se pongan la armadura, me dio fuego. Y sentí a Ana alejarse con el entumecimiento leve que me producía sacar el humo por mi nariz, y la vi voltearse con el segundo, para el tercer cigarrillo ya se había ido sin despedirse. Fue entonces cuando decidí regresar.
Iba por el pasillo de regreso al salón, conciente de mi horrible olor, cuando la repentina sensación de Ana acercándose me hizo recordar el pedazo de una canción que decía “sometimes I give myself the creeps”. Y Ana, (quien se llama igual que yo, pero al revés), se aparece nuevamente con mucha fuerza y un montón de cosas que no quería escuchar: que yo amaba esa porquería que entregue, que yo sabía que era un porquería, que hago yo aquí, te la estas jugando, tu no tienes talento para esto, tu no sabes nada de esto, tu crees que esto es un juego, no lo vas a lograr. Se soltaron las riendas por completo, era ahora ella quien tenía el total control; mientras yo me convertía en espectador. Cuando ella manda, yo poco estoy al tanto de lo que sucede a mí alrededor, pero sé que entre a un salón vacío, y se sintió tan rico destrozar el repello de gypsum con un taburete. Jamás he conocido un orgasmo, pero se que debía sentirse igual que se sintió tirar, luego, el taburete por la ventana, porque se me escapó un grito de placer. He notado que Ana manda, mi comportamiento es más obsesivo compulsivo de lo normal; esta vez rompí todos los mosaicos impares con un martillo formando un diseño de tablero de ajedrez. Y no sentía, contrario a la razón, la pasión no siente físicamente, sino todo lo siente por dentro, eso me hizo ver el martillazo que me di en el dedo. Me hizo comprender que no hay mejor herramienta que el cuerpo humano, y corrí contra la pared – la de cemento, no la de gypsum – y a mitad de camino recordé que el cráneo es uno de los huesos más duros del cuerpo. No sentí cuando mi coronilla tocó la pared, sino el entumecimiento casi celestial que me acostó en el suelo, y me permitió dormir lo que en aquellas 48 horas de pasión controlada no dormí.
Cuando me desperté, Ana ya se había ido. Saque un cigarrillo y me lo coloque en la boca, las manos me dolían, como después de apretar el cuero de las bancas de iglesia durante aquel funeral en el que me temblaban. Me incorporé y mire el reloj, recordé que Ana no es tan obsesiva con la hora como yo, por ende no sabía a que hora había venido ella, ni cuanto tiempo dormí. Alinee las bancas perfectamente con las líneas del suelo tres columnas de siete bancas, todas equidistantes. A veces no soporto los números impares, otras veces no soporto a los pares. La vigésima segunda banca dentro del salón de clases, la saque del salón y en el pasillo la pateé hacía el otro extremo. Puse cada taburete apoyando cada pata en cada esquina del mosaico central frente a cada mesa, sería el tercero porque son sólo cinco mosaicos frente a cada mesa. Los taburetes que sobraron, se convirtieron en una pirámide frente al tablero.
Estaba sola, Ana se había ido, y me dejó sólo una costra en la cabeza, un dolor en los dedos, y una sensación de desquite. Me preguntaba si alguien había oído algo, si Ana era medio sorda como yo, si lo que Ana escuchaba eran voces de adentro o los murmullos inteligibles de afuera.
Salí de aquel salón, y me fije si había alguien cerca, porque a veces es más fácil ver que oír. Regrese a mi salón original y todos se me quedaron miedo, fingí que nada paso y seguí la clase como normal. Acaban con el último. Ahora soy nuevamente, yo al cien por ciento, ya no siento. Vi muchas caras. Una con una lágrima a punto de ser eliminada, balanceándose en el borde del ojo. Otras radiantes, otras enojadas. Sus sentimientos estaban tan a flor de piel que los pude leer. Pero nadie pudo leer los míos, porque yo sentía nada. Yo como si nada, junte mis cosas, los pedazos de corazón regados por el piso, a mi amor puesto en un cartón de cuarenta pulgadas, y me fui. Ni siquiera vi la nota que me pusieron, porque estaba bien así, sin sentir. Yo siento a través del arte, incluso a través de una pieza tan mediocre como la que cargaba ahí, me produce catarsis. Pude inferir por el contexto de la gente, qué era lo que cargaba ahí, porque me miraban con condolencia y apoyo (quizás apoyo verdadero en algunos, pero que no quise explotar, porque me gusta creer que no lo necesito), y de esas cosas feas se habla en bajito porque aparentemente ofenden menos así, ¡¿y yo qué carajo sabré si no escucho?!, pero respondía con una sonrisa de que todo me valía diciendo “normal, yo sabía que era una porquería”. Diciendo una mentira. A mi nadie me trajo al mundo para estar diciéndole verdades a la gente. Tome un cigarrillo y me lo puse en la boca, para no escuchar las verdades que me iría Ana a decir.