La maternidad
No la condición; el departamento del hospital que resalta. Al hospital todos vienen porque duele, porque se muere, con miedo a lo que van a encontrar, con pies pesados, con ojos grises.
Excepto, a la maternidad. La puerta de entrada siempre está llena de niños, tíos, papás, abuelos, amigas, hermanos, estudiantes, globos, flores, peluches y otros regalos colorinches y caras impacientes.
El otro día en que los funcionarios salieron a gritar: "'¡Un trabajador unido jamás será vencido!" (asumo que alguien les desmembró el resto) todo el hospital se vació cuando la gente fue a curiosear la manifesteación. Pero la maternidad siguió llena hasta el tope como chiva. Voy a tener que ir a buscar las estadísticas, ¿cuántos niños pueden salir de ahí al día? El departamento de multiplicar a la gente. Entra como 8 y salen 9.
En maternidad en vez de evitar la muerte, se bienviene la vida, o las ratas, y perdón a las madres recientes, pero a sus repollitos me he acostumbrado a llamar ratitas por lo arrugado y lo pequeño. Lo que uno nunca ve es la procesión tras la ratita. Todos esperan, pero dificultosamente se los alcanza a ver saliendo con el premio a su paciencia.
Acá en el cuarto de urgencias escucho los llantos de las recién estrenadas viudas. Y me perdonarán la falta de sensibilidad: uno se acostumbra al frío del cuarto y de la muerte. Allá estaría oyendo anécdotas de antojos, alergias, pies hinchados, gorduras y otras calamidades de los 9 meses. Y quizás, estaría entonces insensible a la alegría. Me quedo acá.
Esa entrada que más bien es salida, del cuerpo, de la espera, rompe las reglas como buen adorno de la vida. Bueno, por lo menos adorno de mi camino a clases y a casa. Le hace revolución al hospital como deberíamos hacerle todos a mucha tradición.
Y de todo esto me acordé, porque de la otra maternidad, la culpable de que exista el departamento y yo y tú y todo, me dijo José que le dijo no sé quién: "Se pierde la virginidad de la fe para adquirir la maternidad de la razón".
